Hubo una ciudad que hizo temblar a Roma. No una vez ni dos. Durante más de cien años, Roma vivió con el miedo en el cuerpo de que aquella rival desde otro lado del mar terminara por devorarla. Y a punto estuvo.
Esa ciudad fue Cartago y Roma, cuando por fin ganó, hizo algo que los vencedores suelen hacer cuando tienen miedo de que la memoria del enemigo sobreviva: intentó borrarla del mapa.
Spoiler: no lo consiguió… del todo.

Antes de que Roma fuera Roma, Cartago ya era el mundo
Corre el siglo IX antes de Cristo y mientras Roma no es más que una aldea de pastores encima de siete colinas, en la costa norte de lo que hoy es Túnez, los fenicios fundan una ciudad que lo tiene todo: un puerto natural extraordinario, una posición estratégica brutal y una ambición comercial que no conoce límites. La llaman Qart Hadasht. Ciudad Nueva pero nosotros la conocemos como Cartago.
En pocos siglos, aquella ciudad nueva se convierte en la metrópolis más poderosa del Mediterráneo occidental. Su flota domina el mar, sus mercaderes llegan a Iberia, a Sicilia y a las costas atlánticas de África. Cartago no conquista tanto como comercia pero con ese comercio construye un imperio de riqueza, influencia y cultura que Roma observa, primero con envidia y mas tarde con terror.
Una ciudad que era casi un mundo aparte
Lo que más sorprende de Cartago, cuando te acercas a ella sin los ojos de sus enemigos, es lo sofisticada que era.
Tenía un puerto doble: uno comercial, abierto y bullicioso, y otro militar, circular y secreto, con capacidad para más de 200 barcos de guerra. Una obra de ingeniería que haría palidecer a más de uno hoy.
Sus calles estaban organizadas en barrios diferenciados. Había zonas de artesanos, de comerciantes o de sacerdotes. Tenía bibliotecas, jardines, templos dedicados a Baal y Tanit, sus divinidades principales. Sus ciudadanos votaban a sus magistrados, los sufetes, en asambleas que algunos historiadores han comparado con las formas más avanzadas de gobierno de la época.
Y comerciaba con todo: marfil, oro, plata, púrpura, especias, esclavos, sal, vino. Si algo se movía por el Mediterráneo en esos siglos, probablemente pasaba por manos cartaginesas o pagaba un peaje a la ciudad.
Aristóteles, que no solía regalar elogios, dedicó un tratado a analizar el sistema político cartaginés. Y lo hizo con admiración.
Un elefante en la habitación llamado Aníbal
No se puede hablar de Cartago sin hablar de él. Aníbal Barca es uno de esos personajes históricos que parecen sacados de una novela de aventuras imposible de creer.
En el año 218 a.C., este general cartaginés cruza el sur de Iberia, atraviesa los Pirineos, cruza el Ródano y… sube los Alpes. En invierno. Con un ejército de 50.000 soldados y, según las fuentes, entre 37 y 40 elefantes de guerra.
Y cuando llega a Italia, gana. Vence a Roma en el Tesino, en el Trebia, en el Trasimeno. Y sobre todo en Cannae, en el 216 a.C., en una batalla que sigue estudiándose en academias militares de todo el mundo por su brillantez táctica. En un solo día, el ejército romano pierde entre 50.000 y 70.000 hombres. Es la mayor derrota de la historia de Roma.
Roma tiembla y los aliados empiezan a abandonarla. El Senado contempla la rendición y Aníbal… no avanza sobre Roma.
Por qué no lo hizo es uno de los grandes debates de la historia antigua. Falta de recursos, órdenes de Cartago, cálculo político o exceso de prudencia. Nadie lo sabe con certeza pero ese momento, esa pausa, le da a Roma tiempo para recuperarse. Y Roma, cuando tiene tiempo, no lo desperdicia.

Las Guerras Púnicas: el choque de dos mundos
Lo que hoy llamamos las Guerras Púnicas son en realidad tres conflictos repartidos a lo largo de más de un siglo, entre el 264 y el 146 a.C. Y son, en esencia, la historia de dos imperios que se miran a los ojos y saben que el mundo no es suficientemente grande para los dos.
La Primera Guerra Púnica se pelea principalmente en Sicilia y en el mar. Roma, que hasta entonces apenas tenía marina, construye flotas enteras en tiempo récord copiando los barcos cartagineses. Gana, con muchos golpes, la primera ronda.
La segunda es la de Aníbal, la más dramática, la más cinematográfica.
La tercera es la más triste. Cartago ya no es el peligro de antes. Ha perdido sus colonias, su flota, gran parte de su territorio. Pero en Roma hay una voz que repite, en cada discurso del Senado, una frase que se ha vuelto legendaria: Carthago delenda est. Cartago debe ser destruida.
Esa voz es la de Marco Porcio Catón, el Viejo. Un hombre que, según cuentan, terminaba todos sus discursos con esa frase. Da igual el tema del debate. Da igual si hablaba de trigo, de leyes o del tiempo que hacía. Siempre terminaba igual. Cartago debe ser destruida.
El final: una ciudad arrasada
En el 146 a.C., el ejército romano al mando de Escipión Emiliano pone sitio a Cartago. Lo que sigue es uno de los episodios más brutales de la antigüedad.
El asedio dura tres años. Los cartagineses resisten con una tenacidad que los propios romanos reconocen con mezcla de asombro y horror. Cuando las murallas caen, la lucha continúa calle por calle, casa por casa, piso por piso. Los romanos avanzan derrumbando edificios para avanzar por los tejados.
Cuando todo acaba, Escipión ordena quemar la ciudad. Tarda diecisiete días en arder. Los supervivientes son vendidos como esclavos. El territorio es declarado maldito.
La leyenda dice que los romanos esparcieron sal sobre la tierra para que nada volviera a crecer. Los historiadores modernos discuten si eso ocurrió realmente o es una metáfora que se coló en los libros. Pero la intención simbólica es clara: no solo querían destruir la ciudad. Querían borrar la idea de que Cartago había existido.
Cartago hoy
Si hoy coges un avión a Túnez y te acercas al suburbio de Sidi Bou Said, a pocos kilómetros de la capital, puedes caminar por las colinas donde estuvo Cartago.
Queda poco de la ciudad fenicia original, claro. El esfuerzo romano de destrucción fue brutal, y luego vinieron siglos de expolio de materiales de construcción. Pero quedan las colinas, la vista al mar, el tophet donde los arqueólogos han encontrado urnas funerarias (y donde el debate sobre si los cartagineses sacrificaban niños sigue siendo uno de los más polémicos de la historia antigua). Quedan los puertos, aún reconocibles en su forma circular. Quedan mosaicos, inscripciones, estatuillas.
Y queda, sobre todo, la pregunta que te asalta cuando te paras a mirar el mar desde aquella colina: ¿qué hubiera pasado si Aníbal hubiera marchado sobre Roma después de Cannae? ¿Qué mundo sería el nuestro si Cartago hubiera ganado?
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