En las sierras del Levante español alguien trepaba a un arbol y metia las manos en un panal de abejas furiosas, arriesgándose a que le picaran todo el cuerpo por conseguir miel. Alguien más lo vio, y decidió que merecía la pena pintarlo en la piedra para que no se olvidara.
Esa escena existe y se la conoce como el hombre de la miel de Bicorp, tiene entre 8.000 y 10.000 años, y es una de las primeras veces en la historia de la humanidad en que alguien dibujó, con toda intención, a otra persona.

Un arte rupestre que no es el que tienes en la cabeza
Lo primero que hay que entender es que el arte rupestre levantino no tiene nada que ver con el que probablemente nos enseñaron en el colegio. Cuando pensamos en pinturas prehistóricas, la imagen que se nos viene a la cabeza es Altamira: bisontes enormes pintados en el techo de una cueva oscurísima, a la que apenas se podía acceder, sin apenas figuras humanas. Ese es el arte paleolítico franco-cantábrico, y es otro mundo completamente distinto.
El arte levantino, en cambio, se desarrolló durante el Epipaleolítico y el Neolítico, entre hace unos 10.000 y 3.500 años, y sucede en un escenario radicalmente diferente: no en cuevas profundas, sino en pequeños abrigos rocosos, al aire libre, con luz natural, a media ladera de las sierras del este peninsular.
Se extiende desde el Prepirineo oscense hasta las sierras del sudeste, atravesando Cataluña, Aragón, Comunidad Valenciana, Murcia, Andalucía y Castilla-La Mancha, y constituye el conjunto de arte rupestre más grande de toda Europa, con cerca de 759 yacimientos catalogados.
Pero la diferencia de verdad no es dónde está, es qué cuenta. El arte levantino está lleno de gente: cazadores corriendo tras ciervos con arco y flecha, batidas colectivas, figuras danzando en fila, escenas de recolección, incluso lo que parecen representaciones de conflicto entre grupos armados son de las escenas de guerra más antiguas que se conocen en el mundo.
Es dinámico, es narrativo, cuenta una acción con principio y desarrollo, algo que el arte paleolítico casi nunca hace. No es casualidad que a los investigadores les cueste tanto ponerse de acuerdo sobre su función exacta: se ha interpretado como ritual de caza, como rito de paso, como transmisión de conocimiento entre generaciones, incluso como una forma primitiva de contar mitos propios. Y puede que fuera todo eso a la vez.
Un hallazgo reconocido casi un siglo después
Fue el arqueólogo Juan Cabré quien descubrió, en 1903, el primer conjunto de este tipo de pinturas naturalistas en la Roca dels Moros, en Cretas (Teruel). A partir de ahí se fueron sumando yacimientos por toda la fachada mediterránea: la Cueva de la Araña en Bicorp, donde está nuestra escena inicial de la miel; el Pla de Petracos en Alicante, con sus figuras de más de 7.000 años y su misteriosa iconografía geométrica o el Parque Cultural de Valltorta-Gasulla en Castellón, con decenas de abrigos documentados.
Casi un siglo después de aquel primer hallazgo, en 1998 la UNESCO declaró Patrimonio Mundial el conjunto completo bajo el nombre de Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica, reconociéndolo como testimonio excepcional de una cultura desaparecida.

El arte de contar historias
Lo que más me despierta el interés de estas pinturas no es su antigüedad, sino su intención. Nadie obligó a esas comunidades a subir a un abrigo rocoso y dejar constancia de que alguien, un día, se jugó la vida por un panal de miel. Lo hicieron porque algo en nosotros ha necesitado siempre contar lo que vivimos, dejar huella de que estuvimos aquí y de que hicimos algo que mereció la pena recordarse. Diez mil años después, seguimos haciendo exactamente lo mismo, solo que lo hacemos en nuestros perfiles de redes sociales.
El Mediterráneo lleva contándose a sí mismo desde antes de tener nombre. No te pierdas la experiencia de estar frente a una muestra de nuestro arte mas antiguo en uno de los abrigos de la vertiente mediterránea. Es una experiencia genial para conocer nuestro entorno y nuestro patrimonio.
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