Hace unos días se estrenó La Odisea de Nolan y las salas de IMAX llevan meses agotando entradas para ver a Matt Damon enfrentarse a cíclopes rodados en película de 70 milímetros. Pero antes de que existiera el cine, ya existía la pregunta que hace grande a este mito:
¿qué le pasa a un hombre que tarda diez años en volver a casa después de ganar una guerra?
La respuesta de Homero fue poblar ese viaje de vuelta con algunos de los monstruos más extraños e inolvidables que ha dado la mitología mediterránea. No son solo criaturas para asustar: cada una representa una prueba distinta, un tipo de peligro diferente. Vamos a recorrerlas en el orden en que Ulises las vivió.

Entre la astucia y el orgullo
El viaje empieza, casi sin querer, con un peligro que no tiene garras ni dientes: la isla de los lotófagos, donde una planta hace que quien la prueba olvide por completo su deseo de volver a casa. Ulises tiene que sacar a rastras a sus propios hombres de vuelta al barco. No hay batalla que ganar aquí, solo la urgencia de escapar antes de que el olvido se vuelva permanente.
En la segunda parada de Ulises encontramos a la criatura mas famosa de toda la epopeya: el cíclope Polifemo, hijo de Poseidón. Atrapa a Ulises y a su tripulación en su cueva y se come a varios de ellos antes de que logren emborracharlo y cegar su único ojo con una estaca al rojo vivo. Aquí observamos la astucia de Ulises. Este se presenta como «Nadie», así que cuando Polifemo pide ayuda gritando que «Nadie» lo está atacando, ningún otro cíclope acude. Pero Ulises no puede resistirse a gritar su verdadero nombre mientras huyen en barco, y ese exceso de orgullo tiene consecuencias: Polifemo pide venganza a su padre, Poseidón, que perseguirá a Ulises durante el resto del viaje. Me imagino la cara de la tripulación superviviente…
Desconfianza y pérdida de las naves
Para suerte de nuestro protagonista y sus hombres, Eolo, el guardián de los vientos, le regala a Ulises un saco que retiene todos los vientos desfavorables dejando solo el que los lleva directos a Ítaca. Una noche, teniendo ya a la vista su isla, la tripulación, convencida de que el saco escondía un tesoro que Ulises no quería compartir, lo abrieron a sus espaldas. Los vientos liberados los devolvieron exactamente al punto de partida. Cuando Ulises implora a Eolo que lo vuelva a ayudar, este ya no confía tampoco en él pues cree que su viaje esta maldito.
La pobre hueste de Ulises llega a la isla de los lestrigones, gigantes caníbales que destruyen casi toda la flota de un solo golpe, lanzando rocas desde los acantilados contra los barcos. Homero nos describe en su Canto X la matanza más brutal de todo el viaje pues, de once naves con las que Ulises salió de Troya, solo sobrevive la suya.
Circe la hechicera
Este sin duda es el pasaje mas famoso de la Odisea junto al gigante Polifemo. Angustiados y pesarosos de haber perdido a casi toda la tripulación, Ulises y los pocos hombres que le quedan llegan a la isla de Circe la hechicera. En dos grupos, fueron a inspeccionar la isla y el grupo liderado por Euríloco entró al imponente palacio de piedra de la bruja quien los invitó a comer queso y miel.
Circe resultó no ser tan hospitalaria como parecía y tras haber comido y con un solo toque de su vara los convirtió en cerdos. Ulises, protegido por una hierba mágica que le da el dios Hermes, es el único inmune a su magia y logra que libere a sus hombres. Pero Circe se ha enamorado de Odiseo y no va a permitir que se vaya tan fácilmente. Embriagado por la hospitalidad de su anfitriona, tanto en la mesa como en el lecho, se queda con ella un año entero, antes de que la propia Circe le indique el siguiente paso del viaje: descender al inframundo.

Las advertencias de Tiresias
Siguiendo las instrucciones de Circe, Ulises se encamina hacia el reino de los muertos, donde Ulises habla con el espíritu del adivino Tiresias, el único que sabe cómo será su destino y la forma de volver a casa. Allí también se encuentra con el fantasma de su propia madre, que ha muerto de tristeza esperando su regreso.
Ulises, abatido por la noticia de la muerte de su madre debe seguir las indicaciones de Tiresias si quiere volver a ver su tierra. El pobre adivino ciego le informa de que, en Ítaca, los pretendientes de su esposa Penélope se cuentan por decenas a los que tendrá que matar y para poder culminar su travesía deberá respetar ante todo el ganado de Helios en su viaje de vuelta.
Entre Escila y Caribidis
Evitar un rebaño de ovejas no parece ser una gran hazaña teniendo en cuenta lo que ya hemos pasado. Eso debió pensar Ulises de vuelta al mar hasta que tuvo que sortear a las sirenas, criaturas cuyo canto no promete placer sino conocimiento absoluto, saberlo todo sobre el pasado y el futuro. Ulises no queria sucumbir al canto de las sirenas pero también queria conocer su futuro asi que, tal como le aconsejó Circe, se hace atar al mástil del barco y ordena a sus hombres que se tapen los oídos con cera, así que se convierte en el único mortal que escucha a las sirenas y vive para contarlo.
¿Sabes cuando se dice «estar entre la espada y la pared»? Pues eso es justo lo que le pasó a Ulises al esquivar a las sirenas. Nuestro protagonista sale airoso de su canto para caer de lleno en el paso donde están Escila y Caribdis, dos peligros enfrentados en un estrecho angosto. Escila, un monstruo de seis cabezas que arranca marineros de la cubierta, y Caribdis, un remolino capaz de tragarse el barco entero. No existe una ruta segura entre ambos pues si huyes de uno te acercaras al otro irremediablemente. Así que Ulises elige el mal menor y pierde a seis hombres devorados por Escila para salvar el resto de la tripulación. Sin duda, esta es una de los mejores pasajes de la Odisea y seguramente de la película.

La ira de Zeus y el amor de Calipso
Ya estamos llegando al final de nuestra lista de monstruos y hace rato ya que la tripulación no se salta a la ligera las órdenes de nuestro héroe. El último error colectivo llega en la isla del dios Sol, donde pastan los rebaños sagrados de Helios. ¿Os acordáis de la única cosa que nos dijo Tiresias que tenían que respetar Ulises y sus hombres? Pues si las órdenes de un líder pesan mucho, el hambre pesa mas y, en su ausencia, los hombres de Ulises matan y se comen parte del ganado. Es esa falta la que termina con casi toda la tripulación: Zeus, en respuesta, destruye su barco con un rayo y todos mueren ahogados excepto Ulises.
Solo y a la deriva, llega finalmente a la isla de Calipso, donde, por si fuera poco lo que ha pasado, lo retiene durante siete años, ofreciéndole la inmortalidad si se queda con ella para siempre. Ulises la rechaza pues refiere ser mortal y volver a envejecer junto a su amada Penelope y los suyos que quedarse eternamente joven en una isla que no es la suya.
Atenea, que aunque no lo creamos lleva guardando a Ulises desde el principio de la historia, le pide Zeus que mande a Calipso que lo libere. Esta le ayuda a construir su embarcación que le llevará finalmente de regreso a Ítaca.
Cuando por fin pisa Ítaca, Ulises llega disfrazado de mendigo, sin que nadie lo reconozca, y tiene que demostrar quién es a través de sus actos antes de recuperar su nombre, su casa y a Penélope. Pero eso, es otra historia.
Después de todo este recorrido por la desdichada historia de Ulises, lo que mas llamó mi atención es que ninguno de estos monstruos se vence solo con fuerza. A los lotófagos se les vence con la propia voluntad, a Polifemo con astucia, a las sirenas con convencimiento y, a Escila y Caribdis con la aceptación de que toda elección tiene un precio. Homero no nos describe un catálogo de criaturas: nos cartografía las formas en las que un ser humano puede perderse antes de llegar a casa.
Puede que ya no naveguemos entre cíclopes ni remolinos, pero seguimos reconociendo estos monstruos bajo otro nombre : el olvido cómodo, el orgullo que no sabe callarse, la voz que promete saberlo todo si escuchas un poco más. Ulises tardó diez años en volver porque el viaje de verdad nunca fue la distancia, fue reconocerse a él mismo.
Quizá por eso la Odisea sigue viva casi 3.000 años después: no porque nos enseñe a vencer monstruos, sino porque nos recuerda que volver a casa nunca es solo cuestión de llegar. Es también aceptar que quien vuelve no es exactamente quien se fue y que eso no es un fracaso, es la prueba de que hubo viaje.
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